vendredi, mai 13, 2011

Mientras me mece el vaivén del sonsonete cansado de su voz,
Recibo en un cuenco dorado lo que va quedando de sus dolorosas historias,
Escucho una y otra vez sobre esa otra, una mujer cualquiera,
Una que podría ser yo misma en tu boca.
Y entonces las manos se le vuelan,
sube el tono de la voz (grita),
El teléfono vibra,
Un portazo remece la habitación y el departamento continuo,
Yo miro de reojo el reloj de la pared,
Y un silbido minúsculo me pía en la oreja:
Es el Chucao, el pájaro tieso iluminado por el globo blanco,
Que parece que va a volar.
Mientras los ojos se le van mojando, entre palabra y palabra,
mientras respira, más bien bufa,
Ya el tren ha partido y en mi vagón la ventana da hacia otras vidas como esta
Y pasan uno y otra, casi saludando,
como si algo se les hubiera quedado en el tintero
Y yo les agito palomas blancas hechas de kleenex
Mientras todas las lágrimas se transforman en una lluvia inacabable.

Entonces vuelvo aquí, al bergere blanco que mira mudo el resto de la habitación,
Vuelvo a su voz, a su mirada que suplica,
Recuerdo algo que mi lápiz negro escribe sobre el papel,
el mismo papel moribundo donde deberían ir las notas de la sesión,
Escribo un nombre, las iniciales de otro, un par de rayas sin sentido,
Mientras a él, hundido ahora entre los cojines,
Le parece que no hay mayor pesadilla que la que vivió,
Pero no.
Yo, yo sé que tu me has abandonado sin saberlo,
Y que no hay más dolor que mi dolor,
Y en medio de esos pensamientos fragmentados,
La pieza pequeña se agita,
Y tiembla sin temblar,
Sentados frente a frente,
Dos desconocidos:
Uno que toma el pañuelo que yo,
Por supuesto,
No puedo tomar.
Otra, que se bate con la amargura del desprecio
Y me vuelve a decir que no la ama, me abofetea,
Que qué tremenda equivocación,
Y llora al saberse tan cobarde y abyecto
Y yo no lloro porque no puedo llorar.
En vez de eso escribo tu nombre, miro a la pared,
Cuento los lomos de los libros y respiro hondo,
Hasta que hablo un poco, interpretando alguna barbaridad

clikea en mi mar