samedi, novembre 27, 2010

Seguramente ha tenido penas de amor, ahí con los codos instalados sobre los barriles que hacen de mesa en el bar oscuro de General Mackenna, en equilibrio sobre esa silla que parece garza con sus patas largas y el tevinil rojo quebrado y vuelto a remachar con tachuelas negras. Tiene penas de amor, pienso, porque reconozco esa mirada perdida, esa mano que se levanta haciendo un gesto a nadie, el rostro lleno de fantasmas. Esos ojos que lagrimean, ahora para siempre y que nada tienen que ver con la tristeza de su corazón roto cuando ella lo dejó porque a él, pasado de copas, se le pasó también la mano con ella. Ese temblor que nada tiene que ver con el que sintió al verle la cara a la chiquilla que lo esperaba en la esquina, para pasear por el recién estrenado paseo ahumada, con sus banquitos de madera y sus adoquines, para terminar bajando al subterráneo del café Santos y pedir unas onces completas. No. Seguramente ha tenido penas de amor y el rostro enrojecido, el temblor de las manos, las lágrimas en los ojos, le quedaron como un tatuaje de ese dolor intenso que quiso olvidar, ahogándolo en el vino más tinto que pudo encontrar a esas horas de la mañana.

clikea en mi mar