lundi, novembre 15, 2010

Estaba escrito -pero no de esa manera-

Caminó bordeando el parque, con ese aire que sólo es posible en primavera, cuando por unas pocas semanas corre el viento y el olor a verde inunda el espacio, antes intoxicado de partículas en suspensión y ahora lavado por la lluvia. Ese año, además, la lluvia regó la ciudad hasta bien pasado el invierno, como si hubiera algo que necesitara ser purificado.

A su paso, iba dejando atrás cientos de besos y caricias que jóvenes -y no tan jóvenes- enamorados, se prodigaban sin vergüenza sobre el pasto, a la orilla de un árbol, sentados en los bancos verdes recién pintados por el alcalde o a los pies del monumento a Rodó de Totila Albert .Y miraba el sol, y de nuevo los árboles y otra vez los besos contenidos y sentía que algo de esa juventud enamorada era lo que había perdido irremediablemente en ese año que, como decía, fue tan lluvioso e inclemente.

La atmósfera reverdecida del parque soleado un día domingo, le había puesto de un humor benévolo y a corto andar se encontró tarareando una canción romántica, envuelta en un aire nostálgico, a la vez adolescente y algo empalagoso. Todo parecía brillar, incluso los viejos alcornoques. Más allá, en un respiradero del metro, los niños jugaban a juntar hojas que al paso del tren subterráneo, volaban por los cielos en un espectáculo que no hacía más que engrandecerle el corazón y afirmar la belleza de la tarde.

En ese estado era imposible pasar por fuera de la biblioteca municipal y resistir el deseo de entrar. Por los grandes ventanales se veían decenas de personas leyendo, conectados a sus computadores portátiles, los más jóvenes estudiando. Entró sin sentirse bien recibida, bajo la mirada del guardia que parecía decir cuidado que está siendo vigilada. Pero estaba de buen humor y después de saludar con una sonrisa, se dirigió a la zona infantil pensando en que si era lo suficientemente atractiva, quizás se inscribiría y traería a su hija. Curiosamente, junto a la literatura infantil estaban los autores nacionales. Le dio risa, sólo un poco, pensar en su amiga escritora, ubicada al lado de los libros de Anthony Browne y la serie de Papelucho. Mientras pensaba en eso, recorría la estantería, pasando de lomo en lomo, en un perfecto orden alfabético, sin buscar nada, hasta que de pronto, ahí estaba: El libro de otro autor nacional. Uno al que había creído conocer bien hace unos meses atrás. Tomar el libro y sentarse a leerlo fue cosa de segundos. Se entregó a recorrerlo como si en él hubiera algún rastro de ese conocido, se interesó por el diseño de su portada, por la contratapa, por las citas al inicio, por los agradecimientos al final, hasta miró la ficha de préstamos que estaba pegada a una página posterior, el último registro era de 1997 –la computación quizás- e incluía entre los lectores a un actor uruguayo, que no aparecía hace mucho en televisión. Miró detenidamente el índice y le pareció reconocer el título de un cuento que le había sido enviado por el autor hace un tiempo. Entonces decidió leer algunas de las historias, así, al azar. Los nombres de los protagonistas eran simples, como si fueran de verdad los amigos de la juventud, las historias sueltas, desatadas, hablaban en un tono melancólico y a la vez decidido que no le pareció el mismo de sus últimos cuentos publicados. Mientras leía, empezó a notar algo extraño. Muchas de las líneas, le parecía, las había oído de él. No, no había duda. Era completamente así: casi todas las conversaciones que recordaba haber tenido con él, los diálogos que atesoraba como recuerdos dulces de lo que había sido lo de ellos, incluso las palabras que dijo la última vez que le envío un correo electrónico, no eran más que citas de este libro de cuentos. Cada poema referido, cada frase importante, todo el contenido diversificado en los varios cuentos del volumen, había sido mezclado de alguna manera, en varias de las largas conversaciones que solían tener. Vio entonces en las páginas de aquellos cuentos, los presagios de su relación: las bromas, las canciones, las declaraciones, todo era parte de una ficción preescrita en los noventa y actualizada en el dos mil diez. Es como si se hubiera quedado fijo en esas letras, cosido a ellas, tenebrosamente adherido a las fábulas que escribió hace tanto. La piel se le puso de gallina, si hubiera tenido que hablar seguro la voz le habría tiritado y aunque sintió una tristeza enorme, que se venía a posar sobre el dolor de lo que había sucedido entre ellos, no lloró, porque con la consternación no le salían las lágrimas. Estaba ahí, leyendo ávidamente el guión de su relación y aunque le inquietaba, quería encontrar a lo menos una clave que le permitiera sentir que él había sido honesto con ella. Pero no la había. ¿Habría tenido siempre a mano estos textos mientras conversaban? O peor aún ¿Se sabría cada uno de sus cuentos de memoria? ¿Habría planificado cada uno de sus movimientos? ¿Cómo se explica a Cisneros, Lihn, Pessoa? ¿Cómo llegó este hombre a convertirse en un duplicado infinito de sí?

Mientras esas ideas se agolpan en su cabeza siente un vértigo parecido al que da la altura. Le cuesta reponerse, el guardia debe subir el tono de la voz para avisarle que la biblioteca está cerrando. Ella lo mira sin resignarse a dejar el libro en su lugar. Es como un manual de seducción, piensa. Un manual. Es como si todo el amor – ese adolescente y empalagoso amor- se hubiera pervertido en esas hojas. Como si en el ritual de escribir él hubiera perdido algo -y aunque teme que pudiera haber sido la cordura- es un algo sin nombre. No puede dejar de sentirse triste por él, pero también por ella. Le parece que lo que ha sucedido es un monumento al desamor y siente de nuevo, que las pocas palabras que le dijo, tampoco le pertenecían. Había otro, el que escribió esas líneas, uno del que ella podría haberse enamorado con locura y estaba él, hoy, quince años después, usando sus propias palabras como anzuelo y la había engañado como si hubiera sabido de antemano que caería rendida frente a esos versos desperdigados.

Se apagan las luces de la biblioteca y ella sale a la calle mientras está oscureciendo. Le parece que está frío y con los dientes castañeteando, se abraza, frotándose para entrar en calor. Le preocupa enormemente no haber leído todas las páginas del libro, tal vez en medio de ellas estuviera la respuesta o la clave de algo que está por venir. Con la vista medio perdida, camina de vuelta a su casa, el parque se ve vacío, salvo por los vagabundos que preparan meticulosamente sus residencias transitorias. Un hombre la saluda sonriente, ella lo esquiva, le parece ver a un grupo de niños de la calle fumando y riendo, apura el tranco y vuelve a pensar en el libro, qué más diría el libro.

1 Alguien dice:

Blogger gonzalo dice?...

y por eso te lo digo!!!!!!! jajajajaja

jeudi, novembre 18, 2010  

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