jeudi, janvier 26, 2012

Basta un minuto confirmando que hemos sido -fuimos los dos- maltratados, para que me arrebate la angustia. En ese mismo minuto quiero llamarte, para que me salves. Descubro entonces dónde está la tragedia y sé, que es absolutamente irremontable. En el mismo minuto ocurre todo. Entonces quisiera ir corriendo y llorar. Pero no hay brazos donde desembarcar, ni manos que te acaricien el pelo. Es absurdo, lo sé, todo el mundo me lo dice, pero es así. Lisa y llanamente el amor me está vedado. Hay que vivir con esto y hacer como que no es una discapacidad, actuar como si no importara que no me puedas besar cuando estoy triste y aceptar que los amigos te llenen de piropos, como si eso cambiara las cosas.

dimanche, novembre 13, 2011

Padre

Si no me hubiera visto sólo en tu espejo, si no hubiera llenado tus ojos ciegos con mi imagen siempre fallida, si no me hubiera convencido tan tempranamente - desde antes de nacer- que estaba destinada al fracaso, tal vez habría podido pertenecer, habitar estas cuatro paredes, sentir que vivo en esta ciudad, que algo me ata a este país.

Si no me hubiera quedado en la oscuridad contigo, tal vez -sólo tal vez- no habría sido para siempre la extranjera, la que está sentada en la orilla de la última silla, en el canto del mundo, mirando a través de las vitrinas y las ventanas las vidas de otros, sus amores verdaderos, sus amores.

Si alguna vez hubiera podido salir de ti, tal vez habría sentido la juventud, la belleza, eso que dicen, la lozanía, la alegría de ser joven. Quizás me hubieran besado mas veces, me hubieran abrazado.

Pero no. Nunca pude salir de tus ojos hueros, nunca salí de tus gritos, nunca pude arrancar de tu crueldad. Me escabullo en el artificio doloroso de la risa, para que no me vean otros ojos, vacíos como los tuyos, para que no me toquen el alma. Tuve un padre sí y me conformé con sus silencios que expandían mi incertidumbre, con los gritos que divulgaban mi desastre. Me conformé con las omisiones y quise creer que me querías, aunque nunca me lo dijiste.

Nunca me amaste padre, nunca me besaste los ojos, nunca me cubriste cuando tuve frío.
Nunca, nunca, tuviste piedad de mi sufrimiento.

Y ahora, hace tanto que todo es así y todavía me pregunto que hubiera ocurrido si hubiera salido de ahí, si hubiera corrido a salvarme, si no hubiera habido tanto sacrificio. Quizás –sólo quizás- entonces conocería el amor.

mardi, novembre 08, 2011

Hay un hombre que es un bolero

mardi, octobre 18, 2011

No es mi reflejo






No soy yo,
Son los fragmentos de mí.
El amor robado a una pieza oscura,
Como una animita llena de velas.
(Ese pedazo de piedra
donde van a dar los inocentes)

No somos nosotros,
Ni los metales cantan su canción.
Sólo entona el caceroleo vecino,
Y los llamados de las mucamas
de aquí para allá.

No es el cielo, no,
Repiten incesantemente.
No es el cielo, digo,
Mientras mi boca duerme
en tu boca tibia.

No es el cielo,
(Y estoy temblando)

Este no es mi reflejo.

.



lundi, septembre 05, 2011

5 años

LUNDI, SEPTEMBRE 11, 2006

Cinco




Yo, Beatriz, soy quien te hace caminar;
Vengo del sitio al que volver deseo;
Amor me mueve, amor me lleva a hablarte.
La divina comedia

No lo había inventado
Estaba ahí
Como un pañuelo batiente
Una luz pequeñísima
Como un derrotero del deseo.
No era la fecundidad
De mover las alas
Ni la soledad.
No lo había inventado.
Estaba ahí.
Y habían cientos de
Declaraciones esperando.
Sus pies, en efecto,
Se volvían sobre sus pies.
Y en la calle estaba,
Inalcanzable, sí
Como un volantín perdido
Una moneda en la alcantarilla
El libro de la vitrina.
Había venido por él
Sólo para que él viniera por mí.
No lo había inventado
Estaba ahí

vendredi, août 26, 2011

Hace cinco años atrás

MERCREDI, AOÛT 23, 2006

La memoria

A veces el árbol cruje, tiene un sonido que no sé. Las ramas golpetean insistentemente sobre el vidrio y pienso, medio jugando, que es tu mano la que vuelve elevándose y martillando para hacerme oír. Entonces no hay nada que hacer. Tendida en la cama con los trazos de luz colándose entre las cortinas y el árbol viejo, cruzo las manos sobre el pecho y miro sin mirar. Los recuerdos no vienen ordenados, ni es una historia la que se cuenta. Pero entremedio de la percusión en la ventana, se cuelan los sonidos de nuestra cama, de su catre añoso y el ruido seco de tus pies desnudos sobre la madera en el frío de mediados de julio. Ese conjunto polifónico se convierte ahora en un mantra que vacía mi mente de realidades y da paso a ensoñaciones en las que casi siempre alcanzo a rozar la felicidad.
.
A veces estoy tendida y no hay nadie en casa. La puerta semiabierta de mi pieza sólo esconde más sombra, entonces el mantra y los sueños terminan trayéndote a la fuerza. Nunca dices no. Y entre las imágenes, un campo demasiado azul me hace esconder los ojos. Ahí estás tú sacándote las zapatillas sin desabrochar los cordones, lanzándolas a su mejor destino, con la cara llena de risa, yo tratando de seguirte cuando el calor se vuelve insoportable y vamos tras la sombra como dos niños. El río aún tiene riberas públicas, parece que hace tan poco, los pies en el agua juegan con las piedras que siempre son tan bellas y que al sol se vuelven comunes, como si todas fueran trozos de un mismo peñasco.
.
Luego de nuevo los dos, la tarde antes de tu viaje, un recuerdo inventado, sin duda, una memoria obligada. Dos o tres bultos y el libro de la Dickinson que estaba tan a la mano que tuve que regalártelo. En un recuerdo limpio, como si no hubiera llanto que te borroneara, te veo con el ceño plegado en tres líneas que te alejan de mí. Tomas el boleto y lo metes en el bolsillo de tu vieja chaqueta de cuero, lo golpeas dos veces como asegurando que no se vaya a escapar de ahí. Peinas el pelo sin mirarme, te mueves un poco dando pasos del dormitorio al pasillo y de vuelta. Suena el teléfono y sabemos que es el taxi. Me miras detenidamente, dos, ¿tres segundos? y me besas con los labios endurecidos y fríos como fue nuestra relación en los últimos meses. El golpe de la puerta hace temblar la casa y a mí. Luego, un minuto después, oigo ese jugueteo de tus dedos trotando sobre la madera, apurándome a abrir. Uno de los bultos, como cadáver en medio del pasillo, te trae de vuelta. Otra vez me miras y sabiendo yo que esta vez será la final, te beso. Apasionada, como cuando medio emborrachada por el baile, lo hice la primera vez. Nunca más supe de ti.
.
A veces en la noche recuerdo medio dormida la voluntad nuestra de amarnos más. Los planes futuros y los paisajes rotundos hechos de memoria e imaginación. Siempre estás joven, el vientre duro y los hombros levantados, el pelo te cubre en algo la cara y me miras encogiendo los ojos con una risa que revienta el mundo alrededor.

JEUDI, SEPTEMBRE 21, 2006

JEUDI, SEPTEMBRE 21, 2006

Seis

Muchas veces bajando la mirada me encontré con mis pies, con las piernas arqueadas y las manos bajo los muslos. Pelilarga siempre he tenido un escudo para la novedad y cuando arremete la defensa que creímos heróica -de lo que alguna vez nos supo a justicia- se vuelve la curca en altiva y acelera la voz. A pocos les agrada. Conocí primero tus manos que tu boca. Tus manos blancas, que vi pequeñas para las letras que habitaban esos dedos suaves de quien hojea y escribe tan lejos de acá. Luego tus ojos ínfimos y encendidos por la mueca torcida de tu risa. La dulzura de las palabras de quien escuchó la última sílaba y todo lo que había para atrás. Era la altura a la que se está -que paradoja- lo que me hacía admitir resignada, que la fuerza de un sino inevitable nos hacía caminar por vías lejanas. Rutas marcadas por el origen, por color de la piel, por la ausencia de esa delicadeza tuya en mí. Impenetrable, como la cáscara dura de las castas, esas armadas de una historia oficial y alimentadas con el rostro inefable de los poderosos, los de los dados cargados. Pero era otra tu trinchera, la de la vida amarrada al vértigo existencial, que en silencio alborotaba tu mente con fantasías de pájaros negros pintados por Goya, dando vuelta sobre tu cabeza. Un castigo gratuito, pero no menos virtuoso, que te dabas por las alas de la genialidad. Otra la trinchera, cuando los hijos eran tan inmensos que apenas se podían alimentar y si se alimentaba a aquellos que ya habían crecido para cuando naciste, como no soñar que alimentabas un país, el universo: ahí radicaba la verdadera lucha, la liberación de la cárcel de la omnipotencia infantil de la que nunca fuiste liberado para aceptar la desilusión sin decepción, para descubrir que nada se quebraría si tu no estabas, que había un lugar para dejar caer la cabeza y ser acariciado como al principio. Una vez sentada sobre una vereda en merced, tomando un té, quizás un café, te vi vulnerable y entero, con esa entrega que como pequeñas dosis de una droga muy fuerte ibas dándome, acaso pudoroso. Abrazos apretados, que nunca se acompañaban de palabras para saber si aún así, de esta manera inmensamente intrincada, me quisiste algo.

NO DICHO POR NADIE A LAS 12:22:00 PM 3 comments

dimanche, août 14, 2011

Tengo que venir aquí. Es el único lugar del mundo en el que me siento segura. Un lugar público y conocido al que sé bien que no vendrás. No es mucho lo que tengo que decir, salvo la angustia. Una que crece al pasar de las horas y me hace pensar qué quedará de todo esto. Una nube como recuerdo. Yo quise, te juro que quise, pero no pude escribir. No tenía letras para sujetar lo que sentí. Porque la mayor parte de lo que sentí fue un invento. Eso lo supe más tarde cuando todo se desató. Quiero decir cuando, hace cinco años, lo tragó un aparato y nunca nos tomamos el café acordado, cerca de la calle Bernarda Morin. Da lo mismo cómo desaparecen las cosas, pero se van. No pude coser mis recuerdos de él y ahora ni siquiera tengo la imagen de sus ojos, sólo las nubes blancas recortadas sobre el cielo azul, pasando raudas sobre el edificio del Ministerio de Hacienda. Eso también debe ser un invento.
Ahora que leo tus historias, siento envidia de tus silencios y omisiones, siento envidia y rabia porque te transforman en un diario de vida, en un álbum de fotos que nunca se borra. También siento pena por no poder escribir sobre mis recuerdos, sobre él, pero también sobre ti. Siento una tristeza enorme porque estoy segura que lo nuestro, que también a veces pienso que me inventé, será tan pronto como esa nube, o peor aún, como una raya en el agua, un mandala de arena en medio del viento y en este caso, no habrá quien escriba, porque seguimos vivos e incompletos y nada, nada de verdad importante, sucedió.

vendredi, mai 13, 2011

Mientras me mece el vaivén del sonsonete cansado de su voz,
Recibo en un cuenco dorado lo que va quedando de sus dolorosas historias,
Escucho una y otra vez sobre esa otra, una mujer cualquiera,
Una que podría ser yo misma en tu boca.
Y entonces las manos se le vuelan,
sube el tono de la voz (grita),
El teléfono vibra,
Un portazo remece la habitación y el departamento continuo,
Yo miro de reojo el reloj de la pared,
Y un silbido minúsculo me pía en la oreja:
Es el Chucao, el pájaro tieso iluminado por el globo blanco,
Que parece que va a volar.
Mientras los ojos se le van mojando, entre palabra y palabra,
mientras respira, más bien bufa,
Ya el tren ha partido y en mi vagón la ventana da hacia otras vidas como esta
Y pasan uno y otra, casi saludando,
como si algo se les hubiera quedado en el tintero
Y yo les agito palomas blancas hechas de kleenex
Mientras todas las lágrimas se transforman en una lluvia inacabable.

Entonces vuelvo aquí, al bergere blanco que mira mudo el resto de la habitación,
Vuelvo a su voz, a su mirada que suplica,
Recuerdo algo que mi lápiz negro escribe sobre el papel,
el mismo papel moribundo donde deberían ir las notas de la sesión,
Escribo un nombre, las iniciales de otro, un par de rayas sin sentido,
Mientras a él, hundido ahora entre los cojines,
Le parece que no hay mayor pesadilla que la que vivió,
Pero no.
Yo, yo sé que tu me has abandonado sin saberlo,
Y que no hay más dolor que mi dolor,
Y en medio de esos pensamientos fragmentados,
La pieza pequeña se agita,
Y tiembla sin temblar,
Sentados frente a frente,
Dos desconocidos:
Uno que toma el pañuelo que yo,
Por supuesto,
No puedo tomar.
Otra, que se bate con la amargura del desprecio
Y me vuelve a decir que no la ama, me abofetea,
Que qué tremenda equivocación,
Y llora al saberse tan cobarde y abyecto
Y yo no lloro porque no puedo llorar.
En vez de eso escribo tu nombre, miro a la pared,
Cuento los lomos de los libros y respiro hondo,
Hasta que hablo un poco, interpretando alguna barbaridad

mardi, mars 29, 2011

Guardaba el libro de recetas. Miraba hacia la ventana. Se secaba las manos con el delantal. Se limpiaba la cara y soplaba el pelo revuelto que le caía sobre los ojos. Pensaba de nuevo en él. Imaginaba un encuentro furtivo. Recitaba en su mente palabras subidas de tono. Recordaba el sonido de su voz. Bajaba la vista. Apoyaba las manos en el mesón. Sentía su respiración. Soplaba de nuevo el mechón que insistía en caer sobre la comisura derecha de sus labios. Se enderezaba de nuevo. Se planchaba el delantal sobre las piernas. Sentía un calor inexplicable en el cuerpo, un hormigueo entre las piernas. Se sentaba en el borde de la silla. Imaginaba un restaurante, la luz tenue, la mirada clavada en su boca. Se volvía a levantar. Tomaba el aparato telefónico y tecleaba un mensaje estúpido. Miraba a la ventana de nuevo. Respiraba arrepentida. Volvía a pensar. Tecleaba y chequeaba que el mensaje siguiera estúpidamente ahí. Dejaba el teléfono a un lado. Tomaba una pila de platos. Lavaba uno a uno con agua helada. Enfriaba el deseo de su cuerpo sobre el suyo, de una buena vez.

lundi, février 07, 2011

Todo es inmenso, la playa, el cielo, el recuerdo, la soledad silenciosa, la resignación. Se ha pasado días intentando descubrir si hay detrás de todo esto otro texto, una narración invisible que le ayude a entenderlo. A pesar de su persistencia en señales de desinterés y de misoginia, a pesar de ver en la internet como hay otras como ella que serán sus dobles, sus - esta vez si que sí- amantes, hablando los mismos gastados parlamentos de teleserie de las siete de la tarde. Exterior, día. Interior, noche. (risas). (suspirando). Pero no, no hay un texto posible, quizás la verdad está en esos días en que por fin logro odiarlo, cuando le saco la mascara, logro verlo sin el velo del deseo. Quizás. Hasta que él volvió a golpear su puerta, encantandola, solo para oirla otra vez decir las mismas palabras tontas de personaje secundario de novelita rosa y estar seguro de que ella no se ha ido.

Pero ella, de verdad, se resignó y ya no piensa en hacer el amor con él. Sí, responde a sus citas permanentes, se ríe, se alegra de oirlo, pero ya no se ilusiona, no se siente de 18, no piensa que todos los caminos de su vida llegan a sus labios. Él logró lo que nadie había logrado en 40 anos de vida, ni su mismísimo padre con su violencia: logró robarle la ultima esperanza de amar. Ayer, se le oía desenfadada hablando de una manera nueva, con una nueva indolencia, un desinterés en el amor y la clara renuncia de la mitad de la vida.

Entonces volvió donde el hombre que alguna vez quiso y acepto que las cosas son así. Tenía bastantes bendiciones ya con no haber terminado demente debido al trato de su padre. Las cosas están bien. Desde ahora está decidida a sólo envejecer. Desde el incidente, en efecto, el pelo se le lleno de canas y está unos siete kilos mas gorda. El cuerpo también se resignó y ahora solo queda seguir viviendo sin remover demasiado esta historia, a menos que sea para escribirla en medio de sus memorias, que de todos modos a nadie le interesarían.

vendredi, janvier 21, 2011

AÑO 2005

Me separé, empecé un blog, me conecté a messenger, me fui del Hogar de Cristo, volví a caminar por la Alameda, me enamoré, retomé la psicología clínica, tome antidepresivos, volví al hábito de leer poesía, me compré muchos discos, hice una sociedad profesional, estuve callada dos días, me compré un pasaje a Buenos Aires, me resigné, adelgacé a 53 kilos, ordené sus cosas y se las devolví, busqué a Hornby en todas las librerías de Santiago, me indigné, conocí gente por vínculos de internet, fui a bailar varias veces, dejé de ser amiga de Paula, empecé a ser amiga de Paz y de Hugo, canté en la ducha a gritos, me desvelé, tuve miedo, toda mi familia se fue a Londres por un mes, trabajó en mi casa una joven llamada Glori, soñé varias veces el mismo sueño, descubrí que el liquid ambar es mi árbol favorito de todo el mundo, me puse tacos, no me corté el pelo, me creí libre, fui al correo a dejar tres cartas, leí un libro sobre locura y genialidad, me sentí acabada, dormí siempre en el mismo rincón de la cama, leí a Simone Weil, pasé una navidad extraña, me di cuenta de que nunca había planificado nada.

mercredi, décembre 29, 2010

Zambra


Tenía una deuda larga. Leer a Alejandro Zambra, un sorprendente novelista joven -al menos más joven que yo- lleno de buenas reseñas, halagos y este último año una comentada, para bien o para mal, nominación en lista de “Los mejores narradores jóvenes en español” de la revista Granta.

Comencé con Bonsái, una novelita mínima, contenida, justa y una de las mejores novelas chilenas breves que me ha tocado leer, quizás -y sin exagerar- desde el Lugar Sin Límites de José Donoso. De ella se ha hablado bastante y sus premios parecen confirmar la novedad de este autor de pocas palabras y de una brevedad que nos hace caer hacia la profundidad de la vida íntima, sin adornos y en un tono que sería injusto definir como minimalista. Lo no dicho, es en Zambra, lo poderoso, lo tremendo, lo inabarcable. Lo dicho es capaz de despertar las emociones más simples e intensas.

Pero no es de Bonsái que quiero hablar, si no de su segundo libro "La vida privada de los árboles". El título, tomado de los versos de otro joven, poeta, Andrés Anwandter, nos sugiere desde el primer momento que seguimos hablando de árboles solitarios, de árboles podados hasta el infinito, de minúsculos universos plagados de una cotidianidad silenciosa.

La historia nos habla en tercera persona de la vida de Julián. Un padrastro. Julián y Verónica, su mujer. Julián, Verónica y Daniela, la hija. Una amenaza ronda la novela desde la página 16. "Verónica no ha regresado de su clase de dibujo. Cuando ella regrese la novela se acaba. Pero mientras no regrese el libro continua. El libro sigue hasta que ella vuelva o hasta que Julián esté seguro de que ya no va a volver": Es la ausencia de Verónica lo que permite que emerja la historia de Julián, de Daniela. Otra vez, como en su primera novela, es la ausencia -del personaje, de las palabras, de información- lo que permite que esta historia se vaya haciendo visible, emocionalmente, para el lector.

Rara vez son los padrastros los protagonistas de una historia y Julián es un ejemplo de protagonista envuelto en el vacío de una imprecisión: difuso, habitando un no-lugar en su cabeza y en el imaginado recuerdo de Daniela. La falta de Verónica amenaza con borrar de un plumazo la existencia de Julián o al menos desdibuja sus límites. Durante el relato vemos como la imagen de Julián se vuelve nítida hasta el dolor y luego leve casi a punto de desaparecer.

Es la historia de una familia, de una niña, de un hombre. La historia de los futuros recuerdos: caminatas junto al mapocho; cuentos inventados, sobre baobabs y álamos, antes de dormir. Una historia que ocurre en una sola noche, en la que se concentran los miedos, los amores, los misterios, la fatalidad y la inmensidad de toda una vida, que bien podría ser la nuestra. Una historia que nos recuerda, otra vez, que las pequeñas cosas - como los Bonsái- a veces esconden el universo.


La vida privada de los árboles. Alejandro Zambra. Editorial Anagrama, Barcelona, 2007.


mardi, décembre 14, 2010

Mirada desde aquí, la playa grande se extiende infinita, tanto que me dan ganas de correr. En vez de eso, camino. En medio de la bruma hecha de nubes de agua, hundiéndome en la orilla leve, donde revientan las olas, pensando en casi nada, despertando a veces, en medio del camino.
De nuevo es el fin de año, de nuevo las evaluaciones, de nuevo las esperanzas que no se dicen. Cansan a veces estos aires de novedad. Si dejáramos todo tal y como está, si no nos obligarán a enumerar los logros y los deseos, a abrazarnos, a reírnos, a comer y a tomar vino, tal vez hace años nos habríamos resignado.
Afuera están todos deseando y pretendiendo, ávidos de ser reconocidos, se están comiendo unos a otros sin gritos. Están anhelando el momento en que será suficiente y estarán los labios dulces. No queda nadie disponible para un abrazo, para una caminata larga, para una conversación de domingo bajo la higuera.
Me habría gustado saber, como esa mujer de las empanadas en Cucao, perdida en medio de la nada; como Juan Bautista, ebrio por las calles de Santiago; me habría gustado saber como la mujer de las muñecas en el pecho, en la esquina de General Mackenna y Bandera. Haber hecho menos listas, esperado un poco menos.
Si hubiera concentrado todos los deseos, en el deseo de tu abrazo, de tus historias en mi oído y de las risas en la cama, tal vez lo habría conseguido. O no lo habría conseguido y me habría sometido a la realidad con la calma de la conformidad. Sin fines de año ni nuevos comienzos, sin reveses y sin tanta desilusión.

samedi, novembre 27, 2010

Seguramente ha tenido penas de amor, ahí con los codos instalados sobre los barriles que hacen de mesa en el bar oscuro de General Mackenna, en equilibrio sobre esa silla que parece garza con sus patas largas y el tevinil rojo quebrado y vuelto a remachar con tachuelas negras. Tiene penas de amor, pienso, porque reconozco esa mirada perdida, esa mano que se levanta haciendo un gesto a nadie, el rostro lleno de fantasmas. Esos ojos que lagrimean, ahora para siempre y que nada tienen que ver con la tristeza de su corazón roto cuando ella lo dejó porque a él, pasado de copas, se le pasó también la mano con ella. Ese temblor que nada tiene que ver con el que sintió al verle la cara a la chiquilla que lo esperaba en la esquina, para pasear por el recién estrenado paseo ahumada, con sus banquitos de madera y sus adoquines, para terminar bajando al subterráneo del café Santos y pedir unas onces completas. No. Seguramente ha tenido penas de amor y el rostro enrojecido, el temblor de las manos, las lágrimas en los ojos, le quedaron como un tatuaje de ese dolor intenso que quiso olvidar, ahogándolo en el vino más tinto que pudo encontrar a esas horas de la mañana.

vendredi, novembre 19, 2010

Nada. Lo que pasa es que uno lo quiso a la antigua y eso ya no se usa.

lundi, novembre 15, 2010

Estaba escrito -pero no de esa manera-

Caminó bordeando el parque, con ese aire que sólo es posible en primavera, cuando por unas pocas semanas corre el viento y el olor a verde inunda el espacio, antes intoxicado de partículas en suspensión y ahora lavado por la lluvia. Ese año, además, la lluvia regó la ciudad hasta bien pasado el invierno, como si hubiera algo que necesitara ser purificado.

A su paso, iba dejando atrás cientos de besos y caricias que jóvenes -y no tan jóvenes- enamorados, se prodigaban sin vergüenza sobre el pasto, a la orilla de un árbol, sentados en los bancos verdes recién pintados por el alcalde o a los pies del monumento a Rodó de Totila Albert .Y miraba el sol, y de nuevo los árboles y otra vez los besos contenidos y sentía que algo de esa juventud enamorada era lo que había perdido irremediablemente en ese año que, como decía, fue tan lluvioso e inclemente.

La atmósfera reverdecida del parque soleado un día domingo, le había puesto de un humor benévolo y a corto andar se encontró tarareando una canción romántica, envuelta en un aire nostálgico, a la vez adolescente y algo empalagoso. Todo parecía brillar, incluso los viejos alcornoques. Más allá, en un respiradero del metro, los niños jugaban a juntar hojas que al paso del tren subterráneo, volaban por los cielos en un espectáculo que no hacía más que engrandecerle el corazón y afirmar la belleza de la tarde.

En ese estado era imposible pasar por fuera de la biblioteca municipal y resistir el deseo de entrar. Por los grandes ventanales se veían decenas de personas leyendo, conectados a sus computadores portátiles, los más jóvenes estudiando. Entró sin sentirse bien recibida, bajo la mirada del guardia que parecía decir cuidado que está siendo vigilada. Pero estaba de buen humor y después de saludar con una sonrisa, se dirigió a la zona infantil pensando en que si era lo suficientemente atractiva, quizás se inscribiría y traería a su hija. Curiosamente, junto a la literatura infantil estaban los autores nacionales. Le dio risa, sólo un poco, pensar en su amiga escritora, ubicada al lado de los libros de Anthony Browne y la serie de Papelucho. Mientras pensaba en eso, recorría la estantería, pasando de lomo en lomo, en un perfecto orden alfabético, sin buscar nada, hasta que de pronto, ahí estaba: El libro de otro autor nacional. Uno al que había creído conocer bien hace unos meses atrás. Tomar el libro y sentarse a leerlo fue cosa de segundos. Se entregó a recorrerlo como si en él hubiera algún rastro de ese conocido, se interesó por el diseño de su portada, por la contratapa, por las citas al inicio, por los agradecimientos al final, hasta miró la ficha de préstamos que estaba pegada a una página posterior, el último registro era de 1997 –la computación quizás- e incluía entre los lectores a un actor uruguayo, que no aparecía hace mucho en televisión. Miró detenidamente el índice y le pareció reconocer el título de un cuento que le había sido enviado por el autor hace un tiempo. Entonces decidió leer algunas de las historias, así, al azar. Los nombres de los protagonistas eran simples, como si fueran de verdad los amigos de la juventud, las historias sueltas, desatadas, hablaban en un tono melancólico y a la vez decidido que no le pareció el mismo de sus últimos cuentos publicados. Mientras leía, empezó a notar algo extraño. Muchas de las líneas, le parecía, las había oído de él. No, no había duda. Era completamente así: casi todas las conversaciones que recordaba haber tenido con él, los diálogos que atesoraba como recuerdos dulces de lo que había sido lo de ellos, incluso las palabras que dijo la última vez que le envío un correo electrónico, no eran más que citas de este libro de cuentos. Cada poema referido, cada frase importante, todo el contenido diversificado en los varios cuentos del volumen, había sido mezclado de alguna manera, en varias de las largas conversaciones que solían tener. Vio entonces en las páginas de aquellos cuentos, los presagios de su relación: las bromas, las canciones, las declaraciones, todo era parte de una ficción preescrita en los noventa y actualizada en el dos mil diez. Es como si se hubiera quedado fijo en esas letras, cosido a ellas, tenebrosamente adherido a las fábulas que escribió hace tanto. La piel se le puso de gallina, si hubiera tenido que hablar seguro la voz le habría tiritado y aunque sintió una tristeza enorme, que se venía a posar sobre el dolor de lo que había sucedido entre ellos, no lloró, porque con la consternación no le salían las lágrimas. Estaba ahí, leyendo ávidamente el guión de su relación y aunque le inquietaba, quería encontrar a lo menos una clave que le permitiera sentir que él había sido honesto con ella. Pero no la había. ¿Habría tenido siempre a mano estos textos mientras conversaban? O peor aún ¿Se sabría cada uno de sus cuentos de memoria? ¿Habría planificado cada uno de sus movimientos? ¿Cómo se explica a Cisneros, Lihn, Pessoa? ¿Cómo llegó este hombre a convertirse en un duplicado infinito de sí?

Mientras esas ideas se agolpan en su cabeza siente un vértigo parecido al que da la altura. Le cuesta reponerse, el guardia debe subir el tono de la voz para avisarle que la biblioteca está cerrando. Ella lo mira sin resignarse a dejar el libro en su lugar. Es como un manual de seducción, piensa. Un manual. Es como si todo el amor – ese adolescente y empalagoso amor- se hubiera pervertido en esas hojas. Como si en el ritual de escribir él hubiera perdido algo -y aunque teme que pudiera haber sido la cordura- es un algo sin nombre. No puede dejar de sentirse triste por él, pero también por ella. Le parece que lo que ha sucedido es un monumento al desamor y siente de nuevo, que las pocas palabras que le dijo, tampoco le pertenecían. Había otro, el que escribió esas líneas, uno del que ella podría haberse enamorado con locura y estaba él, hoy, quince años después, usando sus propias palabras como anzuelo y la había engañado como si hubiera sabido de antemano que caería rendida frente a esos versos desperdigados.

Se apagan las luces de la biblioteca y ella sale a la calle mientras está oscureciendo. Le parece que está frío y con los dientes castañeteando, se abraza, frotándose para entrar en calor. Le preocupa enormemente no haber leído todas las páginas del libro, tal vez en medio de ellas estuviera la respuesta o la clave de algo que está por venir. Con la vista medio perdida, camina de vuelta a su casa, el parque se ve vacío, salvo por los vagabundos que preparan meticulosamente sus residencias transitorias. Un hombre la saluda sonriente, ella lo esquiva, le parece ver a un grupo de niños de la calle fumando y riendo, apura el tranco y vuelve a pensar en el libro, qué más diría el libro.

lundi, novembre 01, 2010

La expresión del daño

Esta particular forma de ser, este pedazo de mí que sólo aparece en los cuadernos, los blogs y las relaciones de pareja. Esta otra yo, es la expresión del daño que alguna vez sufrí. La que siente en lo profundo que no será nunca lo suficientemente inteligente o amable. La que se angustia con la crítica de lo otros, la que se paraliza cuando oye gritos, la que tolera muy mal la lluvia. La que ríe como quinceañera subnormal cuando está avergonzada, la que imagina demasiado, la que cree (o busca) ver almas buenas en los lugares más oscuros. La que sabe, con certeza, que está limitada emocionalmente por la voz de su padre que golpea dentro suyo, la voz que se repite en cada rechazo, en la indiferencia. La que no se anima a escribir en serio y sólo escribe siutiquerías adolescentes porque nunca -nunca- podrá salir de su infancia.
Ella es la expresión de la herida, quizás la cicatriz, que dejó la violencia repetida, la crítica desgarradora, el desamor. Recién a los 40 años descubro que será imposible de otra manera, no importa lo que asome por fuera, lo firme que se pueda ver, siempre habrá dentro un estigma, un rezo inacabable que repetirá mi mente, un lugar vacío. Una especie de locura encapsulada, una melancolía invisible, a carne viva, un apéndice que bien vale la pena callar.

jeudi, octobre 21, 2010

Era un insensible, desconfiado e insensible. Nunca un movimiento suyo estaba libre de tensión, es como si siempre tuviera que estar recogiéndose, replegándose. Hasta en las palabras, desconfiaba de ellas, al punto de enloquecerte con su indiferencia. Claro que él era como de otro mundo y eso a ella la enceguecía un poco. Le divertía adivinar si lo que decía era cierto o era parte de su intertextualidad permanente, le daba risa, una risa boba, con sus chistes. Podría haberse sentado tardes enteras a escucharlo contar historias, repletas de cosas y personas que ella desconocía. Pero el no quería hablarle a ella. En el fondo ella era simplona, le gustaba escuchar canciones románticas y ver comedias en el cine. Cuando escribía lo hacía a tontas y a locas frente al computador sin detenerse a pensar un poco. También era así para querer. Ella lo quería a tontas y a locas. Le vio detalles inconcebibles, como sus lunares, ciertos pliegues bajo los ojos, las manos quietas. Inmediatamente comenzó a tenerle afecto al color de su piel, al tono curioso de su voz, a los barrios que pisaba, a sus letras. Fue a tontas y a locas. Le tuvo fe, como si fuera un don. Le creyó. Pensó que la vida tenía sentido si acababa frente a él en una mesa, oyéndolo hablar. Pero él la dejó, la dejó antes de tenerla. Nunca quiso tenerla. A pesar de la pasión que estallaba en ella producto de esa mezcla de deseo y fe, él no la quiso. Por simplona quizás, por entrada en años, por regañona, por enamorada, por hablar demasiado o porque él amaba a otra, como supo después.

mercredi, octobre 20, 2010

Los Ochentas

Al final la verdad es una sola:

el hombre nace, crece y se evapora

A.R.H. ,1980

Y si estuviera asistiendo

A la resurrección de los muertos

Y tú no fueras tú

Y tú fueras el delgado Rubio bebiendo vino rojo

Y yo no fuera yo

Y yo fuera una niña cualquiera

A la que le hacen gracia tus morisquetas

Caminando por los pasillos del pedagógico


Y si estuvimos ahí

En medio de la batalla silenciosa

De gaviotas contra gorilas

Si ya estuvimos ahí

Y te dejo pasar

O me olvido


Si recorrimos las calles de la mano

Y alguien nos detuvo

Y te llevaron lejos

Al cuartel Borgoño

O a Mamiña

O te exiliaron

O moriste en medio la calle, acribillado


Y si estuviera asistiendo

A la resurrección de los muertos

Y esta cara que veo en el espejo no fuera mi cara

Si esta yo, fuera otra yo, una nueva

Y si tú fueras Rodrigo declamando como un loco

Si fueras Armando

O si fueras tú, pero otro tú, leyendo tus poemas

Encima de la mesa del Jaque Mate


Y si esos otros, vivos alguna vez

Se abrazaron

Riendo y caminando por Portugal con la Alameda

Si se besaron en medio de un patio inmenso

Si hicieron el amor en la cama de un desconocido

Si no se atrevieron a lanzar piedras

Si se escondieron

Y te dejo pasar

O me olvido


Si estuviéramos resucitando

Y antes de esto

En otra vida, claro,

Me hubieras mirado a los ojos

Jurándome que no me abandonarías


¿Y si alguna vez me prometiste la eternidad?

lundi, octobre 18, 2010

El Terapeuta Sistémico Frente a la Catástrofe: Reflexiones a partir de la Experiencia.



La siguiente reflexión surge a partir de un dialogo, que se inicia hace algunos meses atrás, en un restaurante en las afueras de Talca y que continua de diversos modos y en distintos sitios, hasta desembocar en un artículo, que esperamos publicar prontamente con Claudia Cáceres, coordinadora de la Unidad a la que pertenezco en el Instituto Chileno de Terapia Familiar y una de las compañeras en el desafío al que nos enfrentamos después del 27 de febrero de 2010.

El artículo tiene su origen en la necesidad de fijar en la memoria una experiencia de trabajo colectivo, derivado de la catástrofe. En medio del remezón –literal y metafórico- y en medio de las múltiples acciones relacionadas con el apoyo psicosocial a las víctimas, entre las que se encuentran las que antes comentara Claudio y luego comentará Margarita, el Instituto Chileno de Terapia Familiar acogió una invitación del Ministerio de Salud para apoyar a los funcionarios de los servicios de salud de la zona afectada.

Muchos de los que estuvimos dispuestos a partir, apenas habíamos oído hablar de la Psicología de la Emergencia, tampoco éramos especialistas en desastres naturales y la verdad, a muchos, los terremotos nos producían más miedo que interés teórico. Sin embargo, estuvimos disponibles para adentrarnos en comunidades que desconocíamos, motivados por la idea de aportar, de alguna pequeña manera, a la reconstrucción emocional de quienes habían estado desde su rol profesional apoyando a otros y lidiando con su dolor.

De esta manera, se desarrollaron talleres, dirigidos a funcionarios pertenecientes a establecimientos de la red pública de salud de la séptima región en el Servicio de Salud del Maule. El nombre que se le dio a esta intervención fue “Un espacio solidario para compartir y descubrir recursos”. Un nombre simple, que se esperaba dejara ver los ejes centrales del trabajo: Por un lado, la contención emocional a los equipos y por otro, la visualización de los recursos personales y colectivos surgidos a partir de la catástrofe.

Teníamos claridad respecto de que el taller debía proveer un contexto donde no sólo se permitiera una descompresión, sino que además se promoviera la capacidad de autocontención y la contención grupal, a través de compartir colectivamente – y de forma guiada- una experiencia emocional.

Consistentemente, el diseño de los talleres fue una experiencia colectiva para nosotros -el equipo de terapeutas- que participamos en el diseño y posteriormente en su ejecución, fuertemente apoyados en la etapa de elaboración, eso sí, por terapeutas, miembros del Instituto expertos en trauma y autocuidado de equipos.

Se realizaron un total de 53 talleres en los que participaron 882 funcionarios del Servicio de Salud del Maule. Estuvimos en Cauquenes, Chanco, Constitución, Curepto, Talca, Teno, Curicó entre otros. Ciudades y pueblos donde el terremoto había sido desolador y otros lugares donde además, una ola había arrasado con gran parte del patrimonio biográfico de sus habitantes.

Los largos viajes en auto, hacia y desde la zona y las –también largas- conversaciones entre los que fuimos facilitadores de estos talleres, nos condujeron a cuestionamientos interesantes, que fueron mucho más allá de la sola experiencia de realizar un taller.

Dentro de esos cuestionamientos estuvo –claro está- el personal, que ayudó en ocasiones a fortalecer lazos de amistad y nos permitió una experiencia de esas que dan sentido de vida y nos vuelven personas distintas.

Pero otros cuestionamientos venían de la mano de nuestra inscripción teórico-clínica e institucional. Una primera pregunta, en este sentido fue ¿qué nos hizo aceptar este desafío? En un primer momento, la respuesta parecía sencilla: la solidaridad con quienes sufrieron con mayor fuerza el daño de esta crisis inesperada. Sin embargo, la acción de aceptar el desafío, en tanto terapeutas sistémicos, contextuales, relacionales, esconde detrás de ella más que el mero ejercicio de la solidaridad. Supone –o al menos eso creemos- una particular comprensión de los fenómenos y del sujeto.

Desde la mirada sistémica, somos sujetos en interrelación permanente con el medio. Desde esta mirada nos obligamos a una comprensión ecológica, donde los contextos amplios son determinantes de nuestra biografía, nuestra historia y nuestra identidad. Tal como lo señalara Bateson hace décadas atrás, el terapeuta sistémico comprende a los sujetos y a sí mismo como sujetos contextuales, que construyen sus procesos mentales en las relaciones y la interacción.

La mirada del sujeto sistémico reconoce que el proceso de referirse a sí mismo implica referirse al mundo externo, quedando la identidad subjetiva definida por un proceso que Edgar Morin denomina auto-exo-referencia. Es decir, al hablar de mi identidad hablo de un yo único, pero al mismo tiempo integro a la subjetividad personal, la subjetividad colectiva: hablando así de nuestra familia, nuestra comunidad, nuestro país, nuestro planeta.

En los momentos del desastre, de la tragedia, es posible observar cómo lo que Morin señala como principio de la identidad, resulta plenamente vigente y cierto. Cuando nos miramos a nosotros mismos y cuando vemos al otro, lo hacemos bajo esta concepción de sujeto complejo, nos situamos en una dimensión que va más allá de las individualidades, pero también más allá del colectivo, donde cada uno de nosotros es la parte y es el todo, o como dice Morin cuando se permite pensar en un principio hologramático: la parte está en el todo y el todo está en la parte.

Quiero decir con esta reflexión, que es posible entender la respuesta de un terapeuta sistémico frente a la catástrofe, también como una manifestación de esta particular manera de comprender lo individual y lo colectivo, donde lo individual sólo es posible a partir de lo colectivo y viceversa. El desastre de un pueblo como Constitución o Chanco, es una fatalidad vivida en el colectivo y se vuelve, al mismo tiempo –como un eco de esa devastación- en una llamada que posee resonancias personales para nosotros los terapeutas, que en la mayor parte de los casos, aunque vivimos el drama del terremoto, no experimentamos la tragedia con la misma intensidad.

Estas resonancias personales que están ligadas al proceso auto-exo-referencial al que se refiere Morin, son las que permiten al terapeuta sistémico, analizar sus vivencias entendiendo que éstas provienen de un desarrollo común. Mony Elkaim dirá que las resonancias “son elementos redundantes que ligan los universos más dispares”, dejando de esta manera, al terapeuta de Santiago profunda e íntimamente unido al pescador de Lebu, de Talcahuano o a los habitantes de Lolol.

Una segunda pregunta se relaciona con la particular característica que nos une con quienes fueron los asistentes a estos talleres. A propósito de resonancias ¿Qué mirada tenemos –en tanto terapeutas sistémicos- acerca del trabajo con personal de la salud? ¿Personal que –de algún modo u otro- está preparado profesionalmente para atender, oír, curar, cuidar a otros?

Una terapeuta, a la que hemos podido escuchar en estos días, desarrolló un concepto del profesional psico-médico-social como un tercero pesante . Edith Godbeter-Merinfeld, invitada a estas jornadas y autora del libro El Duelo Imposible, hace referencia a un elemento que parece central en la construcción de nuestra identidad como psicólogos, médicos, enfermeros, educadores, psiquiatras, asistentes sociales, etc. y éste tiene que ver, con las vivencias tempranas de ser reguladores activos de la relaciones intrafamiliares. Los terapeutas y otros profesionales –como por ejemplo los profesionales de la salud- nos veríamos tocados por las expectativas de los pacientes, porque despertarían en nosotros las cuerdas que hacen vibrar el tono de nuestras propias experiencias en la familia de origen, amplificando así las resonancias de las que hablábamos. Habría, de acuerdo a esto, un espacio de experiencia común con aquellos que dedican su vida profesional al trabajo con personas y que en distintos ámbitos, buscan colaborar en la superación del malestar físico o psicológico, subjetivo o colectivo, el sufrimiento relacional o existencial.

Esta reflexión apunta a que al enfrentar la tarea de desarrollar talleres para los profesionales de la salud de las zonas afectadas por el terremoto, nos situamos en un lugar en el que no sólo compartimos con ellos la experiencia de ser espectadores de la tragedia ocurrida el 27 de febrero, sino que, al mismo tiempo, tenemos en común con quienes son los destinatarios de los talleres, el hecho de ser personas que trabajan con personas. Esto hace que las resonancias aumenten exponencialmente, en tanto aumentan también los ámbitos existenciales compartidos. El sentido de esta tarea entonces, no sería el mero hecho de ir en ayuda de los otros, sino que se transforma a través de estos procesos auto exo referenciales, al mismo tiempo, en una experiencia relacionada con el nosotros, que nutre nuestra identidad y se vincula profundamente con nuestro propio sentido de vida.

De esta manera, son múltiples las reverberaciones que se desatan frente a los funcionarios de la salud, no hay forma de acercarse a su experiencia sin preguntarse por la propia vivencia de haber estado disponible para otros, al mismo tiempo que poco disponible para uno mismo y para todas nuestras relaciones significativas, la familia, los hijos, los amigos.

Nos encontramos en los talleres realizados con personas que fueron las encargadas –por vocación u obligación- de la contención y cuidado de las víctimas del terremoto y maremoto, pero, al mismo tiempo, pudimos ver que esas mismas personas habían sido víctimas y habían sido tan poco contenidas y cuidadas. La tragedia que se nos reveló aquí, es que el especialista en las necesidades del otro, con ocasión de esta experiencia compartida de crisis inesperada, debió invisibilizar sus propias necesidades, para lograr responder a la necesidad de un tercero.

Es la íntima certeza de haber ocupado ese mismo lugar en innumerables ocasiones, tal vez menos duras, lo que le da un sentido profundo a la experiencia de estos talleres.

Por otra parte, y muy probablemente relacionado con lo anterior, nosotros sabemos bien, las más de las veces por experiencia directa, que los trabajadores que desarrollan su labor en áreas de servicio a las personas, en las que la relación con el usuario es central para el desempeño del trabajo -como ha señalado, entre otros, Ana María Arón- implican en su trabajo un alto compromiso emocional y afectivo del que debemos hacernos cargo. Este compromiso los -o debería decir nos- expone a condiciones de vulnerabilidad desde el punto de vista de la salud. Esto es lo que varios autores han abordado bajo el rótulo de burnout. Pero quizás la derivada más relevante con ocasión de esta reflexión, se relaciona con la aplicación en esta experiencia del cúmulo de conocimiento que los terapeutas tenemos en el cuerpo acerca del autocuidado de los equipos.

Se reconoce así la importancia de –dada la orientación hacia las necesidades de los otros- dirigir la mirada hacia sí mismo y hacia los propios equipos. Más aún, en condiciones de una crisis como la desatada por un desastre natural, se suma a esta condición de vulnerabilidad que trae consigo la esencia de nuestro trabajo con personas, un estrés adicional asociado a eventos incontrolables que dejan una huella de pérdidas materiales y personales difíciles de integrar, haciendo imposible obviar este aspecto en la intervención.

Otro elemento imposible de olvidar como terapeutas familiares, es que las familias de estas personas quedan en una doble vulnerabilidad, ya que uno no sólo invisibiliza o minimiza su realidad emocional, sino que también está menos disponible para su familia. Como ejemplo extremo de esto se ha demostrado que los niños en estas situaciones quedan más vulnerables al abuso sexual. En contextos de desastre, podemos imaginar también que los niños de los funcionarios de la salud no tienen a sus padres con ellos de la misma forma que otros niños en la misma situación. En definitiva, la sociedad pide algo de estas personas en su rol –pedimos- pero en alguna parte abandona -abandonamos- un poco, no sólo al sujeto, sino también a su contexto íntimo de relaciones.

He expuesto hasta aquí, parte de lo que hemos pensado acerca de nuestro lugar en el escenario del terremoto y las características del trabajo al que fuimos convocados. Creemos que nos vimos interpelados por la catástrofe de una manera particular y que no podemos obviar de nuestra comprensión las concepciones de lo humano y del mundo que forman parte de la orientación teórica que nos une como terapeutas, miembros de un Instituto diverso.

Por último, quisiera referirme a dos aspectos específicos del trabajo realizado. Primero, tal como lo señalara uno de los terapeutas que participó en la intervención, enfrentamos este trabajo desde el punto de vista teórico-clínico, sobre la base de una mirada comprensiva que favoreciera la elaboración e integración de las pérdidas, y no centrado en la elaboración del trauma. Incluso, la experiencia nos mostró en la práctica lo que sabíamos en la teoría: ante un mismo fenómeno de desastre, los significados otorgados a la experiencia eran diversos, heterogéneos y sólo en algunos casos la experiencia se volvía, quizás en un segundo momento, en una vivencia con cualidad traumática. Lo indesmentible, era que en el relato de los participantes, las cosas se habían movido de su sitio y que las pérdidas eran múltiples: desde pérdidas de vidas, pasando por pérdidas materiales y del mundo laboral, hasta pérdidas patrimoniales y simbólicas.

Creemos a partir de la evaluación, que la realización de estos talleres permitió a los funcionarios de los diferentes servicios de salud sentirse –en palabras de Maturana- reconocidos como legítimos otros (a sí mismos y al contexto en que viven y trabajan). El espacio solidario que propusimos, fue concebido sobre todo, como un contexto emocional de reconocimiento, que fue condición de posibilidad para la elaboración e integración de la experiencia, de una manera contenida y de un modo no desorganizador. Aunque no estaba la pretensión de que la sola participación en el taller permitiera la completa elaboración de la vivencia, sí creemos que en algunos casos fue una llave de paso a emociones largamente silenciadas, ya sea por la vorágine de la ayuda a otros, por temor a lo que pudiera desatarse o incluso por la sanción de los pares.

El espacio grupal fue pensado desde los saberes del Taller de la Persona del Terapeuta. Tal como señalarán Carla Vidal y Cecilia Jara respecto de estos talleres, se cuidó que este espacio grupal fuera un lugar de intimidad en el aquí y el ahora, donde cada uno de los participantes tuviera la posibilidad de ser visto, ser reconocido por otros y donde, en la práctica, se pudieran actualizar aspectos propios de cada participante en una matriz de interrelaciones desde donde emergieran resonancias que permitieran ampliar el autoconocimiento, lo que –desde nuestro punto de vista- ocurrió, en la medida que se fue complejizando y ampliando el mundo de explicaciones. Así, uno de los fundamentos metodológicos principales del trabajo: lo colectivo, tuvo sentido también desde la perspectiva sistémica, donde lo grupal permitió la construcción mutua de lo real, en redes conversacionales que al establecerse en torno a las vivencias del terremoto, abrieron la posibilidad para que éstas fueran reformuladas, recreadas y reconstruidas en un proceso de dialogo y sobre todo en un clima emocional particular.

En segundo lugar, una de las constataciones que se pueden hacer respecto de la situación de los equipos de salud en las zonas en las que intervenimos, es el hecho de que ellos forman parte de comunidades que se vieron golpeadas por esta crisis inesperada. Las comunidades están delimitadas políticamente por sus fronteras -las regiones y comunas afectadas- pero también simbólicamente, como los espacios emocionales donde se comparte una historia común, un patrimonio material y emocional. El propio servicio de salud, más específicamente el lugar donde se desempeñan trabajando las personas que asistieron a los talleres, es una comunidad por sí misma.

Judith Landau, ha señalado que las comunidades que han sufrido pérdidas inesperadas o abruptas, son capaces de superar la pérdida y el trauma accediendo a sus fortalezas individuales y comunitarias y que este nuevo estado es posible a través del apoyo de profesionales, que sean capaces de ser sensibles y al mismo tiempo provean de espacios donde los implicados puedan encontrar –en su misma comunidad- los recursos necesarios para su recuperación.

Uno de los objetivos de nuestro trabajo fue tejer los hilos de esta resiliencia comunitaria, definida por Judith Landau como la capacidad de sostener la esperanza y la fe de una comunidad para resistir el trauma y la pérdida mayor, para superar la adversidad y prevalecer, generalmente con un aumento en los recursos, las competencias y la conectabilidad entre personas y sistemas.

De esta manera, tuvo sentido reunirse en torno a una conversación que permitía surgir los recursos individuales y colectivos, superar la mirada desde la patología y las debilidades, para reconocer, convencidos, que las familias y comunidades son esencialmente saludables y poseen competencias para acceder a recursos y para diseñar soluciones a sus propios problemas. Probablemente en nuestra intervención apenas alcanzó a asomar algo de este planteamiento, pero el espíritu de lo realizado estaba en el logro de esa resiliencia, que sabíamos pasaba también por la comprensión que como terapeutas tuviéramos de los contextos históricos y de los sistemas más amplios en los que viven las personas.

En resumen, el aprendizaje que nos deja esta experiencia tiene una dimensión personal y única, pero al mismo tiempo, en tanto colectivo de terapeutas, me atrevo a señalar que generó una nueva mirada a partir de lo vivido, que incluye:

1. Como terapeutas sistémicos nos vemos interpelados por lo eventos desde una visión ecológica y contextual, y nos vemos implicados profundamente, toda vez que entendemos nuestra propia identidad como construida en una relación dialéctica entre la autorreferencia y la referencia al mundo externo.
2. Desde esta visión nuestra intervención ocurre en el contexto de múltiples resonancias, que poseen en sí mismas un potencial terapéutico y pueden constituir un puente entre el terapeuta y los participantes, en el contexto de la experiencia de intervención
3. Trabajar con personas que ayudan a personas nos sitúa en un lugar común que no debe ser obviado y que ofrece un espacio de experiencia que amplia las resonancias posiblemente terapéuticas.
4. El proceso de elaboración de la experiencia pasa inevitablemente por la elaboración de las pérdidas y puede ser llevado a cabo en la medida que se presente un contexto emocional que favorezca el reconocimiento y posibilite conversaciones que amplíen el campo de las posibilidades y explicaciones, considerando la intersección de múltiples universos o multiversos.
5. El trabajo debe centrarse en las capacidades y recursos de los participantes, en su capacidad de resiliencia individual, pero al mismo tiempo y acorde con la mirada contextual-relacional, debe favorecer la generación de redes que permitan una resiliencia colectiva, que no sólo se centre en la experiencia común devastadora sino que también permita a la comunidad fortalecerse y generar formas de relación que le permitan enfrentar nuevo desafíos.

Para finalizar, pienso que paradójicamente, la crisis inesperada que resulta del terremoto y maremoto de febrero recién pasado, se vuelve una oportunidad y creo que en eso está el corazón de lo que hacemos día a día como terapeutas de familias y de individuos.

Leonardo Boff, un teólogo de la liberación Brasileño al que admiré en mi adolescencia, llama la atención respecto del vocablo crisis cuyo origen etimológico, proviene del griego y significa 'juicio', 'decisión'. Respecto de esto señala que toda situación de crisis exige, para ser superada, una decisión, la cual marca el nuevo rumbo. La crisis está llena de vitalidad creadora y es el "momento crítico" en que la persona cuestiona radicalmente ante sí misma su propio destino, el mundo cultural que la rodea, y es convocada, no a opinar sobre algo, sino a decidirse acerca de algo. Sin tal decisión no hay vida.

Pienso que en eso de las decisiones es en lo que hemos estado.

Gracias.


BIBLIOGRAFIA CITADA
Arón, A.M. y Llanos, M.T (2005) Cuidar a los que cuidan: desgaste profesional y cuidado de los equipos que trabajan en violencia. Sistemas Familiares 20, Nº1-2: 5-15.
Boff, Leonardo (2004) la crisis como oportunidad de crecimiento Editorial SalTerrae, Santander.
Goldbeter-Merinfeld, E.(1999) El duelo imposible. La familia y la presencia de los ausentes. Ed. Herder, Barcelona.
Landau, Judith. 2004. El modelo LINC: una estrategia colaborativa para la resiliencia comunitaria. Sistemas Familiares 20, No. 3: 87-102.
Maturana, H.; Bloch, S. (1995) Biología del emocionar y el Alba emoting, entrelazando lenguaje y emociones. Ed. Dolmen, Santiago.
Morin, E (1990) Introducción al pensamiento complejo
Morin, E (1998) La Nocion de Sujeto en Schnitman, Dora (1998) Nuevos paradigmas, cultura y subjetividad. Editorial Paidós. Buenos Aires.
Vidal, Carla y Jara, Cecilia (2004) La formación del Terapeuta Familiar y la familia de origen del terapeuta: el trabajo en el taller de a persona del terapeuta en el Instituto Chileno de Terapia Familiar. De Familias y terapias 18: 85-93

El pasillo de baldosas del San José, la pandereta directa al cementerio. Un aire que se mueve, no puedo precisar dónde, decenas de muertos bailan alrededor. Mi ojos son un tunel y eso es la prueba irrefutable de que existe el alma. La mía está mal puesta, dislocada. Amaneciendo se enciende aún más el Naranjo Roma, entre el adobe y las vigas de alerce. Yo camino unos pasos más allá, al patio interior, ese pequeño, el de la fuente y los helechos. Con una varita de cerezo arranco terrones buscando un tesoro.
Me abandonaron a mi suerte, no entiendo por qué. Una y otra vez me siento abandonada. Quizás porque no soy lo suficientemente fuerte, quizás porque lo parezco y luego no lo soy. Quizás porque me cuesta ver la mano que me abofetea y dudo. Quizás por la fé. Quizás es Dios. De pronto todo se vuelve tan conmovedor y no sé si hay algo que anda mal en mi. Los recuerdos son un tumbar incesante dentro de mi cabeza y el desamor es lo único que conocí.
Mientras los narcisos se dan besos en la punta de la nariz y juguetean inteligentemente entre los cielos de su pc, los abandonados riegan letras inservibles cada tanto, pidiendo auxilio, sin suerte. Somos los verdaderos perdedores, de doble vida, de angustias indecibles, de seudónimos y ravotril. La infancia es un época terrible.

samedi, octobre 16, 2010

Una joven, una madre, la ausencia de un padre. Una sala pequeña. Otro hombre venido de lejos. Uno, dos hermanos que ya no están. La historia sobre el alcohol. La sala pequeña. Las palabras dulces del hombre venido de lejos, mezcla de italiano del norte y español de madrid.
La joven, preciosamente joven, inicia un viaje inesperado: un zoom descarnado a la pieza oscura que compartía con su madre... tengo ocho, nueve ¿cuantos años? . Se abraza a la mujer ebria mientras el padrastro, el padrastro. Los olores a demasiado vino, los gemidos, la pieza oscura, la confusión. Acá la luz, mientras me ahogo. No se supone que deba llorar.
Los niños desvalidos me quiebran por dentro .

dimanche, août 15, 2010

caí
.
re
don
di
ta
.
mientras más lo pienso menos me lo creo

off

mardi, juillet 13, 2010

nada más me importa en el mundo

mi hija y nada más
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adiós proyectocartas.blogspot.com
adiós justdrunkonthemoon.blogspot.com
adiós malangalechónylimón.blogspot.com
adiós unaciudadvacia.blogspot.com
adiós lacomediadivina.blogspot.com
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todos los proyectos que inicié, los que aborté, los que a pesar de todo, continué
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mercredi, juillet 07, 2010

Es feo





Es feo querer ser joven, sólo porque las jovenes son más bonitas. Es feo querer tener esa alegría inmotivada y todo el mundo por delante, sólo porque eso las hace más queribles. Es feo desear tener veinte años menos y toda la libertad del mundo, sólo porque te imaginas que así sería más fácil que te amaran.
Es feo tener rabia porque estás cansada a las 10 de la noche y la intensidad emocional no es tan creadora ni te parece tan maravillosa como antes. Es feo envidiar los besos en el parque y las promesas que a esa edad te hacen. Es feo querer para uno ese abrazo apretado, las caricias en el pelo, las caminatas sin rumbo, la tardes tumbados sin hacer nada. Es feo. Es feo ponerse así derrepente, que en un par de meses se te quite la risa que siempre te ha acompañado y se te escape la juventud que decías con tanta certeza, que iba por dentro y no por fuera. Es feo pensar que eso te pasa por ser vieja, por no tener la piel suave o el cuerpo de antes, por haber vivido tantas cosas y saber tan bien que sí necesitas amor. Es feo pensar así. Es feo

mardi, juillet 06, 2010

Quiere llover


Las nubes avanzan como si en verdad se dirigieran a alguna parte. En la altura del piso diez, me parece que estoy casi en la falda del cerro San Cristóbal, separada de esa ladera verde apenas por un par de árboles y el campanario de la iglesia de la matriz. Quiere llover dicen las señoras y la luz de la ciudad me hace temer lo peor. Salvo las nubes, todo parece una triste fotografía, inmóvil y fría. Quizás es mi corazón el que se detuvo. Quizás se congeló. ¿Se han dado cuenta que cuando uno se siente vulnerable, solo o pequeño es más fácil que hagan con uno cualquier cosa? Y cualquier cosa: burlarse, hacer el amor, despreciarte, volver a burlarse. Ahora un cumulo enorme forma una figura fantasmagórica en mi ventana, se dirige al sur, quizás sea mi tristeza partiendo, que bonito sería.

dimanche, juillet 04, 2010

En lo ajeno reina la desgracia

Tu eres de otra
En lo ajeno reina la desgracia
________________________

En ti reina la desgracia

samedi, juin 26, 2010

Pájaros en la cabeza






Sobre el velador que sirve de apoyo a la caja de pañuelos, hay un pájaro negro de fierro fundido, es pequeño, parecido a un petirrojo. Lo conseguí en Camden Market hace varios años atrás y es para mí algo así como un tesoro. Por años me acompañó al lado de mi cama, y era la primera imagen que veía al despertarme y la útlima al cerrar los ojos, muchas veces me vi tentada a pedirle algún deseo, como si desde su quietud me estuviera escuchando. Cuando pensé en mi nueva consulta, me pareció evidente que debía quedarse ahí. Tiene esa presencia a la vez sobria y mágica, que me ayuda a abandonar los muchos pensamientos que pueblan mi cabeza y a dejarme llevar por la intuición. A mi lado, sobre el mueble donde apoyo mi cuaderno de notas, una Tenca hecha de madera se ilumina con la lámpara imitación de bola de cristal, que me recuerda que a veces todo puede ser adivinanzas y oráculos. Ahora, la Tenca mira insistente al hombre que habla acerca de su infancia y que parece que en cualquier momento se pondrá a llorar. Ese pájaro tiene una nobleza y un aire mucho más propio que el venido de Londres. En algún viaje al sur lo vi y me enamoré. Es curioso como se mantiene inmóvil en ese equilibrio resultado de la armonía entre su cuerpo y su cola. Se vino conmigo, en una pequeña maleta envuelto en muchas hojas de diario y ahora es el que me ayuda a guardar las proporciones en los momentos difíciles. En las paredes blancas, varias reproducciones –tarjetas de saludo enmarcadas, la verdad- de John James Audubon, terminan de atiborrar mi consulta de pájaros.

El hombre que tengo al frente tiene alrededor de 40 años, habla en voz baja mientras mueve incontrolablemente su pie derecho, mira al suelo entrelazándo las manos y a veces se detiene: me mira en silencio, como si buscara una respuesta. Entonces su mirada se dirige hacia la ventana, vuelve a mí, se toma la cabeza con ambas manos y después de unos segundos retoma la historia inicial. F. vino a verme hace un año atrás, cuando descubrió que le era imposible establecer relaciones de intimidad duraderas, llegó confundido como un niño y pienso que quizás nunca antes le había dado vuelo a sus deseos. Aunque siempre me acepta un café al llegar, su taza se mantiene intacta y fría hasta el final de la sesión.
Hoy mientras lo escucho hablar, descubro que él también tiene pájaros en la cabeza. Casi todos mis pacientes los tienen y aunque algunos no abren sus jaulas, los puedo ver a través de sus ojos, de sus palabras. Los pájaros de este hombre son ahora pequeños y coloridos –como los diamantes mandarines- y le trinan unos cantos que aunque le seducen, lo enloquecen de tal forma, que habría que sugerirle atarse a los mástiles de su nave para no correr tras ellos. Son sus propias sirenas aladas, pero me parecen bellos. Mientras revolotean por la sala, le hablo acerca de su deseo y del camino para conseguirlo sin culpa, sin tanto dolor. Recojo poco a poco la legitimidad de sus esperanzas y le hablo de la necesidad de creerse digno de ellas. Entonces los diamantes repletan la pieza con su vuelo corto y su canto.
Pero es algo que tiene que ver justamente con la dignidad lo que lo confunde. Vuelve sobre sus ideas, el pie derecho se vuelve a agitar, los ojos adoptan esa mirada perdida del que no encuentra sentido y entonces se precipita en un relato repleto de imágenes confusas, de emociones encontradas, de terror. La angustia va tiñendo su relato como una gota de tinta que cae sobre un vaso de agua. De pronto rompe a llorar definitivamente, acusando al vértigo existencial que le producen sus propias palabras. F. tiene miedo y mientras habla los pájaros son otros, los pájaros negros de la locura sobrevuelan su cabeza. Como en la pintura de Goya, el sueño de la razón produce monstruos y en la habitación todo se vuelve tinieblas, desconsuelo y desesperación.

Entonces, en medio de ese batir de alas y chillidos, mis propias alas se desatan. Ahora sólo escucho en silencio lo que F. tiene que decir e intento calmarlo con la mirada, como queriendo hacerle saber la profunda tristeza que me produce su dolor, lo mucho que lo entiendo, lo que me conmueve su historia, que podría ser la mía o la de otro. Siento el fluir de una energía de mi asiento al suyo, como si la punta de nuestras alas se tocaran. Finalmente al cabo de esos breves minutos hablo y lo hago de una manera en que no suelo hacerlo fuera de aquí. Es como si mi voz fuera un hilo delgado y continuo conduciendo al final de este laberinto. Le digo algunas cosas, pocas, se las repito como un mantra. Mientras esto sucede, siento que los pájaros terribles van abandonando lentamente el lugar y de un momento a otro, no hay más aletear ni más gritos, no hay más cantos. Un silencio enorme nos deja a los dos frente a frente, mirándonos las caras, quietos como en un cuadro de Hopper donde –como alguien me dijo alguna vez- siempre hay una historia invisible que se está narrando. Pasada esta tormenta de aves, el hombre se tranquiliza y vuelve a hablar esta vez conciente de su dolor, acerca de sus deseos. Son cosas simples como una casa con jardín, su mujer, un par de niños quizás. Lo veo aliviado, algo cansado y me parece que ha podido mantener la ilusión a pesar de lo vivido, que los pájaros no se han llevado nada, al menos al hablar parece haber recuperado un cierto respeto por sí mismo que le hace ahora soñar sin vergüenza, lo hace sostener su deseo.
Sin saber cómo, se repliegan mis alas, F. saca un pañuelo y mientras lo hace el pájaro negro tiembla produciendo un pequeño ruido, la Tenca lo sigue mirando y desde las paredes los otros pájaros están tan callados que casi es imposible notar que así y todo, vuelan.

samedi, juin 19, 2010

Nadie, nada, nunca




Las cosas que no me dijiste, los besos tuyos que no tendré, el abrazo que necesité y que no pude pedirte, el silencio que me hizo llenarte de palabras, el vacío con el que me fui.


Me preguntabas por qué Nadie, ahora tienes la respuesta.

Todo está inundado

El cielo después de la lluvia, esa metáfora de nosotros. La lluvia incesante que inundó las casas de los pobres, enfrío a los niños, avivó los virus sinciciales. El presagio de esta lluvia antes, la lluvia y mi tristeza, mis palabras inundándolo todo, el agua abrumadora cayendo del cielo hasta sumergir las tierras, volviéndolas estériles, inútiles y desoladas, lo infecundo de esta lluvia, mis suelos baldíos.

jeudi, juin 17, 2010

Conozco esta manera de sentir. Lo único que me salva es la risa, la risa y el recuerdo, respirar el aire limpio después de la lluvia, mirar la ciudad desde un balcón, constatar que alguna vez elegí esta manera de vivir. Recordar la voz ronca de Juan Bautista Rosseti, demente vagando por la ciudad, volver a conversar con la mujer de las muñecas plantada en Balmaceda, recordar la fuerza del río al lado de la caleta Bulnes, los techos de Lo Hermida en un invierno infernal, recordar el desierto anocheciendo cuando estuvimos abandonadas en la carretera sin fin. Una tormenta eléctrica en Copacabana Bolivia, la Sagrada Familia, la fiesta en el Cuzco, la frialdad de las castas en La Paz, los tulipanes en Nueva York, las citas permanentes, los amantes en el parque St James o en Palermo o la Barceloneta. Achao, Castro y Ancud con la guitarra a cuestas, Pan de Azucar y un cactus mágico, recordar Calama en verano, Santiago en invierno, Villarica y los ojos del Caburgua. La calle Puente, Rinconada de Maipú, La Pincoya, recordar El Castillo en La Pintana amaneciendo después de las doce del día (los niños corriendo mientras el Jimmy sale a trabajar al Paseo Ahumada porque es fin de mes). Me hace bien respirar Cueto y el Parque de los Reyes, las pichangas infinitas donde nunca pude poner la pelota en el arco. Traer la memoria de Puerto Escondido, Zipolite, San Miguel de Allendes, Oaxaca, Ciudad de México bullendo en un bar de homosexuales con los bigotes más machos que he visto, un bar en Buenos Aires escapando de sus ojos. El D’Orsay, el Moma, el Prado, la maravilla del Tate, ir a perderse a Picadilly Circus rodeado de jeringas. Mirar con los ojos más abiertos del mundo a Calder, Moore, Rothko, Las Meninas y el llanto en la Capilla Sixtina, ver un Degas pequeño y en cada uno de sus trazos suaves ver a mi madre, sentir en la piel las estrías de las Puertas del Infierno de Rodin mientras recito en la mente al Dante. Rezar como una loca en la Capilla de las Ánimas, conmoverse hasta las lágrimas con el canto a la virgen en Sevilla, irse luego a la Carbonería o a la Iglesia de San Francisco en un día de calor. Andar 21 de mayo, recorrer la Plaza de Armas y los niños vendiéndose por ahí, jugar en las montañas coloridas de Federica en la Plaza Brasil, ir a la plaza de Puente Alto, a la Villa Jaime Eyzaguirre donde di mis primeros -dulces y combativos- besos. Me hace bien acordarme de la Juan Antonio Ríos y de la casa de la abuela en Pedro Aguirre Cerda. Volver a ver la biblioteca abandonada de la Universidad de Chile en Grecia (trepando las rejas con el Jumper subido hasta la cintura), comer de nuevo en las cocinerías de Franklin ese mismo plato caliente después de una tarde de hacer calle o vivir en La Jarilla encumbrada en el thc, caminando en la madrugada desde Montegrande a Pisco con las estrellas iluminándome. Ir a Cucao, ese olor que no volví a sentir. El altiplano pesado sobre mi cabeza, Río tibio y amenazante, los mininos da rua en batucada por las calles de Salvador y Gibraltar o el living de mi casa donde hicimos el amor, la calle Maipú donde están las cuecas destadas del Huaso Enrique…no tiene fin, porque es así, elegí esta manera de vivir y es cierto, conozco esta manera de sentir. Hay tanto dolor caminando por el mundo que esta tristeza es una raya en el agua, una pelusa brillando por un segundo al atravesar la luz.

clikea en mi mar